Estamos transitando el año bicentenario. Celebrarlo implica comprender nuestra íntima relación con aquella transformadora apuesta al futuro que hicieran los paladines de la Revolución de Mayo de 1810 y que a partir de allí, con las marchas y contramarchas ocurridas a lo largo de las distintas generaciones, ha ido configurando la Argentina de hoy.
Doscientos años después de aquella gesta, el escenario histórico ha cambiado radicalmente y en este inicio de un nuevo milenio vivimos en un mundo totalmente interconectado, con transformaciones constantes y grandes interrogantes.
En este marco resulta imprescindible reflexionar acerca de cuál debería ser el mejor modo de afirmar la existencia nacional y continental, manteniendo las bases fundacionales que permitieron a millones de habitantes gozar de una sólida educación y una integración fraternal en los ámbitos público y privado, donde siempre han ocupado un lugar destacable miles y miles de organizaciones solidarias que en toda la geografía patria forjaron la unidad, la inclusión y el ascenso social, sobre pilares de libre y democrática determinación.
Para lograr tal cometido, debemos los argentinos elevarnos por encima de las disputas cotidianas, enervantes y desgastantes, con la clara intención de diseñar una nación humanamente sustentable a largo plazo, tarea que demanda -ineludiblemente- el establecimiento de políticas de Estado que puedan trascender el corto mandato de los gobiernos de turno.
Hay que promover y concretar consensos y acuerdos que conduzcan hacia ese país con paz, libertad, seguridad, democracia y justicia social, al que aspiraban nuestros próceres y que hoy siguen ambicionando las mujeres y hombres de todos los sectores.
Alentar la esperanza, superar las divisiones, asumir los valores trascendentes y ajustar la conducta a principios éticos, configura la manera más útil de cooperar en la construcción de la Argentina de todos.